20 diciembre, 2013

A cuatro días de Noche Buena y Navidad 2013, bajo circunstancias adversas

Desde agosto de 2007 que no escribo nada en este blog. ¡Hace más de seis años! ¡Qué rápido! Y hace ya poco más de un año (noviembre de 2012), que fui despedido de mi trabajo en la empresa líder de la industria automotriz en México, de Nissan. Esta año si bien no he sido contratado por ninguna empresa, y me ha sido difícil echar a andar mi auto empleo como asesor financiero en una compañía de seguros, en realidad no he tenido mayor problema económico --aunque sí un desgaste mental exhausto por la preocupación de no percibir dinero--; sin embargo, no había caído en la cuenta del año entrante.

El 2014, ése sí que representa, par mí, un año lleno de incertidumbre, pues mis recursos financieros se han esfumado prácticamente y para enero, desde mi punto de vista humano, se ve muy crítica la situación.

No obstante lo anterior, en este momento creo haber tenido un vislumbro de esperanza. Por un instante creo haber obtenido cierto entendimiento... Creo que estoy siendo probado por El Señor.

Me explico. En esta época en especial, siempre impera la vida mundana por sobre lo que en realidad nos debe ocupar que es el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo y todo lo que ello significa para los que creemos. Si no hay recursos económicos, nos vemos afectados sobremanera y vemos pasar la vida con gente comprando a diestra y siniestra, con risas, felicidad... Pues sí, tienen dinero, pensamos. Tienen los recursos necesarios para ser felices y pasarla súper. Nosotros, ¿cómo podemos darnos ese lujo si perdimos el trabajo y ya no tenemos dinero?

Pero, esta iluminación que tuve en estos breves instantes me han hecho entender que no es necesario... No debe ser necesario el tener dinero. Es importante, sí, pero no debe ser el centro de la felicidad. La felicidad debe ser Dios, que nos envió a su hijo. Y quiero pensar que la prueba por la que estoy atravesando se refiere a eso, a amar, a pasarla bien y con alegría por lo que esta temporada significa, a pesar de las circunstancias adversas.

Al final, Dios es mi provedor y nada debe preocuparme. Desde Su punto de vista, todo es más claro y posible y Él me proverá.

Amén.