11 julio, 2007

Cada quien su tiempo


Ayer, en el escritorio de un compañero de trabajo de otro departamento, observaba unas fotos que tiene pegadas en su lugar de sus pequeños hijos jugando futbol americano, en el equipo Pumas. Veía y veía las fotos recordando cuando yo jugaba también desde esa misma edad más o menos, aunque yo siempre he sido Burro Blanco (del Politécnico, claro).

Me vino a la mente muchas vivencias que seguro escribiré aquí, en Ideas en el Espacio, posteriormente. Sin embargo, una reflexión que tuve, de todo lo que me vino a la mente al observar estas fotos, fue que en estos tiempos la mayoría de las fotografías, como éstas de mi compañero, se toman con cámaras digitales, incluso en el plano profesional cada vez menos se utiliza la clásica cámara analógica, la de película, la de rollito, pese a que, según tengo entendido, la calidad de las fotos sigue siendo superior a la de las digitales. Pero la verdad es que la comodidad, las funciones, la practicidad, la capacidad (cuándo se iba uno a imaginar tener una capacidad ¡de más de 700 exposiciones!, ¡y reciclables infinitamente!, cuando la de 36 exposiciones era lo máximo que podía uno tener, y eso, si tomábamos bien todas las fotos), y hasta la calidad(1) de las tomas fotográficas de las cámaras digitales nos obliga a ya no acordarnos de las otras cámaras.

Y me vino también a colación mi amado padre quien, en vida, se dedicaba a la fotografía, a la fotografía taurina para ser más exacto, entre uno que otro evento social. Mi padre portó siempre, orgulloso, sus cámaras analógicas. Todavía recuerdo cuando le robaron una cámara profesional rusa y mi hermana le regaló una Praktica semiprofesional. Después, con esfuerzo se hizo por fin, otra vez, de una totalmente profesional. Posteriormente, en mi primer viaje a los “Yunaited Esteits” (Estados Unidos), le traje otra, una Mamiya automática, marca que aquí en México no ha sido muy conocida (en ese tiempo, menos), pero muy buena. En fin que después se hizo de varias, entre ellas, una Yashica que aún conservo cariñosamente conmigo.

Cuando la fotografía digital empezaba a hacerse notar, yo, como buen representante de las nuevas generaciones… ¡Ja!, empecé a leer del tema. Por ahí del año 2003 o 2004, me hice de mi primera —y hasta ahora única— cámara digital, una Canon Power Shot de 3.1 Megapixeles. Empecé a tomar fotos y a aprender la nueva tecnología. Mi padre, en sus últimos años de vida, me observaba; en su medio escuchaba cada vez más comentarios sobre la nueva era fotográfica. Me preguntaba “oye, ¿qué es eso de las fotos digitales?, ¿cómo está eso?”. Yo, con mi escaso y ridículo aprendizaje, medio trataba de explicarle, pero mi padre, con sus más de 80 años encima, y pese a su inquietud por el tema, le resultaba en realidad demasiada información para él. No podía comprender cómo funcionaba aquello, ni mucho menos cómo utilizarlo.

Finalmente, el tiempo recogió a mi padre, su juventud era tal que su cuerpo ya no aguantó tanta fuerza y mi padre se desprendió a otro plano… y con él, su tiempo.

Hoy me imagino cómo se hubiera maravillado de las inmensas posibilidades que brinda la nueva tecnología… pero eso ya no le correspondía.

Te amo padre mío, en donde estés. Recíbenos con una foto cuando llegue nuestro tiempo
.



(1) Si bien la película (rollo) es superior aún en calidad de imagen, en la realidad y para efectos prácticos ya no existe diferencia apreciable.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por el recuerdo... dijeran en una estación de radio

Liliana Salazar dijo...

='( Ahora si Rich me robaste una lagrimita.